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Política27 de octubre de 2026

Brasil eligió a Lula y encendió la esperanza frente a la ultraderecha

Brasil eligió a Lula y con ello se abre un momento de esperanza para quienes temían el avance de la ultraderecha.

Brasil eligió a Lula y encendió la esperanza frente a la ultraderecha
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El verde y amarillo de Brasil no borraron el rojo: el domingo, el pueblo brasileño volvió a elegir a Luiz Inácio Lula da Silva y le cerró el paso a la ultraderecha; en esa mezcla de colores cabe una historia más grande que una elección, la de un país que se negó a entregar su futuro sin dar pelea.

Pero toda victoria trae su resaca, y la de Brasil empieza ahora: Lula ganó con 51.79 por ciento de los votos, después de quedar atrás en la primera vuelta, aunque casi la mitad del país eligió a Flávio Bolsonaro; el resultado frenó a la ultraderecha, pero no la hizo desaparecer.

Ahí está una de las lecciones más duras de esta elección: derrotar en las urnas a un proyecto autoritario no basta para desarmar las ideas, los agravios y los temores que lo alimentan; tampoco basta con celebrar una noche, porque al día siguiente hay que gobernar para quienes votaron por Lula y para quienes no lo hicieron, sin renunciar a la democracia ni dejar que el país vuelva a acostumbrarse al odio.

La ultraderecha no llega siempre con el mismo rostro, pero suele ofrecer respuestas simples para heridas reales, convertir al adversario en enemigo y presentar la desigualdad como si fuera el orden natural de las cosas; por eso la respuesta democrática no puede limitarse a denunciarla, tiene que mejorar la vida concreta de la gente, abrir horizontes y demostrar que la justicia social no es una promesa vacía.

También queda la advertencia sobre el poder de las plataformas digitales: la campaña de Lula denunció restricciones y recomendaciones algorítmicas que, a su juicio, favorecían a Bolsonaro, mientras Meta negó haber apoyado a un candidato y atribuyó los problemas señalados a fallas técnicas; el tribunal electoral exigió trato igualitario para las campañas, y aunque no puede afirmarse que los algoritmos decidieron la elección, sí quedó expuesta una pregunta que América Latina no puede esquivar: quién vigila a quienes controlan la circulación de las ideas.

Votar nunca fue un trámite menor, pero en elecciones como esta se vuelve una decisión sobre el rumbo: votar para avanzar, para proteger las instituciones, para defender el derecho a disentir y para que el futuro no quede en manos de quienes prometen orden a cambio de recortar libertades; cada sufragio cuenta, sobre todo cuando la democracia se disputa tanto en las calles y las pantallas como en las urnas.

Desde México, Claudia Sheinbaum estuvo entre las primeras en felicitar a Lula: “Viva la democracia, ganó el pueblo de Brasil. ¡Felicidades presidente Lula!”, escribió; al día siguiente abrió su conferencia matutina celebrando el resultado como “una bocanada de aire fresco para América Latina y el Caribe”. Lula le agradeció la llamada y escribió que la victoria era también de “todas las democracias latinoamericanas”.

Brasil y México no son iguales ni enfrentan los mismos desafíos, pero hoy representan dos de los principales espacios de gobierno de izquierda en una región donde la ultraderecha busca crecer; su peso también se expresa en redes políticas como el Grupo de Puebla y el Foro de São Paulo, donde distintas fuerzas progresistas han defendido la integración regional y la soberanía de los pueblos.

Ser rojo no es una vergüenza que haya que esconder: es reconocer la dignidad de quienes trabajan, sostienen sus hogares y quieren decidir sobre el país que construyen todos los días; es defender que la política también hable de salarios, derechos y oportunidades, y que el orgullo de la clase trabajadora tenga un lugar en el porvenir.

La elección brasileña deja una victoria que emociona y una tarea que no admite descanso: organizarse, participar, cuidar la verdad y exigir que los gobiernos respondan a la gente; porque votar puede detener un retroceso y abrir una puerta, pero cruzarla requiere un pueblo dispuesto a defender la democracia y a empujar, una y otra vez, hacia nuevos horizontes.

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