Este Día de Muertos, espero a Esperanza

El 8 de mayo de este año murió mi abuelita, Esperanza Colín, y desde entonces hay una parte de mí que todavía quisiera llamarla, contarle algo, preguntarle si ya puso los frijoles. La extraño como a nadie. Este Día de Muertos la espero por primera vez entre el aroma del cempasúchil y el copal, con su tequila, su mole de metate y esos frijoles negros con epazote que todavía puedo recordar con los ojos cerrados.
Mi abuela fue la primera en creer en mí. Cuando tenía ocho años me ayudó a poner mi primer negocio: vendía dulces afuera, en el patio de su casa. No era un juego para ella. Me enseñaba, sin discursos, que podía empezar algo propio y que mi trabajo valía. Esa confianza se me quedó para siempre.
También caminé a su lado por las calles, cargando y ofreciendo aguacates, capulines, zarzamoras, duraznos y manzanas de los árboles de su rancho en Michoacán. Cuando venía a México y se quedaba en su casa, salíamos de puerta en puerta a vender la fruta. Yo iba con ella, y mientras avanzábamos aprendía de su paso, de su fuerza y de esa manera suya de hacerle frente a la vida.
Mi abuela me enseñó que no debía agachar la cabeza por ser mujer, que no tenía por qué dejar que nadie me ofendiera y que mi valor no dependía de lo que otros dijeran. Me enseñó a ser comprensiva y humana, y a recordar que soy digna y amada incluso en los momentos en que yo misma no consigo creerlo.
A los quince años, mi abuelo se la llevó —en mi familia se decía que la robó— y muy joven comenzó a formar una familia. De catorce hijos, doce sobrevivieron; después, ella también tuvo que despedir a algunos de ellos. Le tocó vivir la Guerra Cristera cuando era apenas una niña y esconderse en medio de aquellos años difíciles. En la cocina de su casa me contaba esas historias, me hablaba del rancho y de lo que había vivido. Muchas de las mejores conversaciones de mi vida ocurrieron junto a ella, entre una olla al fuego y el olor de algo recién preparado.
Cuando yo estaba embarazada, me cuidó por completo. A veces me llamaba y preguntaba: “Hijita, ¿no te llega el aroma?”. Entonces entendía que había cocinado una olla de frijoles negros en su cazuela de barro, con mucho epazote, y que siempre había un plato esperándome en su mesa. Ese era su modo de decirme que estaba conmigo, que tenía un lugar seguro al cual volver.
En sus últimos días, cuando ya no recordaba a casi nadie, todavía reconocía a su nieta y a su bisnieto, mi hijo Santiago. Amo profundamente a mi hijo, y ese recuerdo de mi abuela —su amor alcanzando a los dos— es uno de los regalos que guardaré toda la vida.
El Día de Muertos tiene muchas formas en México. En cada región y cada familia, la memoria se expresa con sus propios alimentos, flores, rezos y caminos; en muchas de esas prácticas conviven herencias indígenas y católicas. El sincretismo no borra las diferencias: les permite encontrarse alrededor de una certeza compartida, que quienes amamos siguen teniendo un lugar en nuestra casa y en nuestra historia.
No creo que una ofrenda quite el dolor de la ausencia. Pero sí puede darle un sitio, un aroma y una voz. Este año pondré en la mesa los sabores que le gustaban, el mole que me enseñó a preparar y aquello que cocinaba para mí. La recibiré como ella me recibió tantas veces: con amor, con alimento y con un lugar que nunca estuvo vacío.
Bienvenida, Esperanza. Bienvenidas todas las almas que esperamos cada año para volver a verlas, aunque sea por un instante. Te extraño, abuelita; te amo mucho y siempre llevaré tu nombre en alto.
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