Monopolios tecnológicos a juicio contra Estados Unidos
Cualquiera que sea el camino que se tome, lo que está claro es que los monopolios tecnológicos ya no son solo un tema técnico o de mercado: se han convertido en uno de los más significativos

Por Ernesto Ángeles. SPR Informa. Agencia de Prensa Mexicana.
En los últimos días, la noticia de las demandas contra los gigantes tecnológicos Google y Meta por parte del gobierno de Estados Unidos ha atraído la atención mediática. Si estas demandas prosperan a favor del gobierno, podrían transformar potencialmente los modelos de negocio de ambos gigantes tecnológicos, afectando profundamente la forma en que estas empresas han operado durante las últimas dos décadas, así como la magnitud de su poder sobre países e individuos.
Estas demandas representan una oportunidad para reconfigurar un mercado que históricamente ha crecido gracias a prácticas comerciales monopolísticas y profundamente abusivas. Sin embargo, ¿cómo llegamos aquí? ¿Qué tan significativo podría ser el impacto si Meta y Google pierden estos casos? ¿Es siquiera posible un escenario tan optimista?
Para empezar, es importante entender la base de las demandas: Google está siendo acusada por el Departamento de Justicia de Estados Unidos de monopolizar sistemáticamente el mercado de búsquedas en internet mediante prácticas como la compra de los derechos exclusivos para su motor de búsqueda en dispositivos digitales a nivel global, una estrategia reforzada además en dispositivos Android. Mientras tanto, Meta está siendo señalada por la Comisión Federal de Comercio por adquirir estratégicamente Instagram y WhatsApp para evitar que estas plataformas compitan con Meta, eliminando así la competencia de raíz y creando un monopolio en las redes sociales personales.
Más allá de las demandas, el problema con estas empresas no es solo que hayan crecido tanto, sino también el funcionamiento del mercado que permitió que esto sucediera. Su modelo de negocio, centrado en la atención, el consumo de tiempo y la extracción de datos, convierte simultáneamente a los usuarios en productores, consumidores y productos, todo con el objetivo final de generar publicidad, productos y experiencias personalizadas (y altamente individualistas) en mercados hipersegmentados.
Este modelo extractivo y transformador de datos crea una ventaja competitiva que alimenta y refuerza el tamaño monopolístico que estas empresas han adquirido. No solo ninguna otra empresa tiene actualmente acceso al volumen de datos que manejan estas plataformas en sus respectivos nichos, sino que negocios como Meta y Google también han construido muros que atrapan a los usuarios dentro de ecosistemas cerrados.
Así, su poder monopolístico no es resultado del genio innovador de sus creadores, sino atribuible a una estructura de mercado que fomenta la concentración de poder y la exclusión de competidores. En la economía digital, cuantos más usuarios tiene una plataforma, más valiosa se vuelve para otros usuarios y para el mercado. Esto hace cada vez más difícil que un competidor, por bueno que sea su producto, siquiera sea notado, porque la escala lo es todo en la economía de plataformas.
Sin embargo, el problema no termina ahí, ya que la escalabilidad se combina con la integración vertical, adquiriendo otras áreas relacionadas con la provisión de sus servicios y la creación de sus productos. Esto los ha llevado a controlar infraestructura en diversas partes del proceso, desde sistemas operativos hasta cables submarinos, centros de datos y servicios en la nube. Como resultado, su poder ya no es meramente comercial; se vuelve estructural, político e internacional.
Los casos de Meta y Google son solo dos ejemplos de este fenómeno, pero el problema es global. No se limita a Estados Unidos ni a un par de empresas. También involucra a otros actores, particularmente de China. En este escenario, se han desarrollado diferentes modelos regulatorios, siendo Estados Unidos uno de los más permisivos y carentes de legislación. Sin embargo, esto podría cambiar con las demandas contra Meta y Google, cuyos resultados podrían dividir los negocios de ambos monopolios y sentar un precedente que reoriente el curso de estas empresas y del mercado tecnológico digital.
No obstante, pasarán años antes de que ambas demandas se resuelvan. También existe la posibilidad de que los fallos judiciales favorezcan a las empresas, lo cual no es descabellado considerando los esfuerzos del CEO de Meta, Mark Zuckerberg, por complacer y ganarse el favor del presidente de Estados Unidos, Donald Trump.
Además, las demandas por sí mismas no garantizan una solución. Podrían convertirse en procesos largos y agotadores que terminen en acuerdos simbólicos. Así que el resultado sigue siendo incierto. Sin embargo, las preguntas clave ya están planteadas: ¿hasta dónde permitiremos que las plataformas crezcan sin control? ¿En qué medida la concentración extrema de poder en el mundo digital es compatible con la idea de mercados abiertos y democráticos? ¿Quién debería establecer las reglas?
Estas no son preguntas técnicas sino políticas, preguntas sobre el tipo de sociedad que queremos construir en la era digital, sobre quién define los límites y quién controla los recursos del ciberespacio. Si algo han dejado claro las últimas dos décadas es que, sin límites claros, las plataformas no tienen incentivo para autorregularse. Por el contrario, crean un sistema de abuso y desigualdad.
Quizás las grandes empresas tecnológicas logren adaptarse a nuevas reglas sin perder el control. Quizás los gobiernos logren imponer restricciones efectivas que abran el mercado a nuevas alternativas. O quizás, si el dinero y el poder financiero prevalecen, el modelo actual persista con unos pocos ajustes cosméticos.
Cualquiera que sea el camino que se tome, lo que está claro es que los monopolios tecnológicos ya no son solo un tema técnico o de mercado: se han convertido en una de las disputas (geo)políticas, económicas y culturales más significativas de nuestro tiempo.
Relacionado: ¿Para quién escribe la prensa? ¿Quién la lee?
Más de Opinión
Todas las notas →El Super Bowl: un lujo y una declaración política para los mexicanos
Asistir al Super Bowl LX no es solo presenciar el evento deportivo más visto del planeta, sino cruzar una frontera simbólica entre el espectáculo, la economía y la política.
De 'bad hombres' a Bad Bunny: el nuevo campo de batalla político en el Super Bowl
En 2016, Donald Trump usó la frase “bad hombres” para referirse a los migrantes latinos, estigmatizando a comunidades enteras con un insulto racista que aún resuena en la memoria política de Estados Unidos
Ser chingón es mexicano: unidad y resiliencia ante la tragedia
Cada vez que golpea una tragedia, se comprueba una vez más que ser chingón es mexicano: gente que, en medio del dolor, se convierte en un solo cuerpo, en una sola entidad que se mueve al unísono, llena de amor, ayuda y resiliencia.


