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Opinión7 de mayo de 2025

¿Quién teme a Donald Trump?

Cuando el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, apenas supera los 100 días en el cargo, líderes y observadores de todo el mundo ya han concluido que las amenazas que el mandatario estadounidense lanza con regularidad son, en buena medida, faroles y herramientas de presión y distracción.

Una demostración de fuerza le serviría a Donald Trump para satisfacer a su base y cosechar aplausos, pero sería tan autocomplaciente como efímera.
Una demostración de fuerza le serviría a Donald Trump para satisfacer a su base y cosechar aplausos, pero sería tan autocomplaciente como efímera.

Cuando el presidente de Estados Unidos apenas supera los 100 días en el cargo, líderes y observadores de todo el mundo ya han concluido que las amenazas que el mandatario estadounidense lanza con regularidad son, en buena medida, faroles y herramientas de presión y distracción.

Así se aprecia en su impulsiva, caótica y contraproducente campaña arancelaria, en su insistencia en anexar Canadá, en la posible invasión militar de Groenlandia y también en su errático zigzagueo para que las fuerzas estadounidenses intervengan directamente contra el crimen organizado en territorio mexicano (un día, la amenaza de una acción unilateral; al siguiente, una oferta “generosa” de ayuda).

Frente a esto, la tentación es preguntar: ahora bien, ¿quién teme a Donald Trump?

Con un margen de maniobra cada vez más estrecho, el hombre de la Casa Blanca se verá obligado a defender sus juegos dando credibilidad a sus amenazas y, para lograrlo, necesita ejecutar algunas. Ya lo ha hecho al bombardear a los hutíes en Yemen y al darle a Netanyahu carta blanca para invadir a sus vecinos y limpiar étnicamente Gaza. Sin embargo, han sido blancos débiles, que no pueden usarse indefinidamente para proyectar miedo.

¿Buscará atacar un blanco mayor? ¿Quién querría arriesgarse a ser el primero?

UNA INTERVENCIÓN CONTRAPRODUCENTE

La presidenta Claudia Sheinbaum se mantiene firme y vigilante, aunque prácticamente todos los analistas no subordinados a la disciplina política de Trump le advierten que atacar México no solo es una mala idea, sino que además daría resultados funestos.

Por supuesto, abundan quienes se ofrecen a alimentar el sesgo de confirmación de sus seguidores y a quedar bien con el jefe: Fox News presenta como central la afirmación de Trump de que la presidenta mexicana teme a los cárteles, pues su oferta de respaldarla militarmente sería una medida necesaria para combatir el narcotráfico, mientras que el Washington Examiner sugiere que la negativa a aceptar ayuda se interpretará como una traba a la cooperación en seguridad, e incluye comentarios de analistas que respaldan la idea de una mayor implicación militar.

Quienes no han mostrado una lealtad sin fisuras al gobierno, en cambio, señalan lo contrario, como el International Crisis Group, que indica que “ninguno de los instrumentos de guerra o de contraterrorismo que Trump ha invocado autoriza el uso de la fuerza militar en territorio mexicano”, y advierte de las consecuencias:

“Lanzar ataques con drones, operaciones especiales o cualquier otra acción letal contra organizaciones criminales en México sin el consentimiento del país podría volverse en contra y causar un daño enorme a la relación bilateral. Cualquier movimiento de Estados Unidos sería condenado sin duda por la base política de Sheinbaum y aprovechado por la oposición como una señal de debilidad, lo que exigiría una respuesta contundente. Ella podría detener la cooperación en materia de aplicación de la ley o volver al enfoque de dejar hacer de López Obrador frente al tráfico de fentanilo. Podría suavizar la aplicación de las normas migratorias o expulsar del país a la DEA, el FBI y otras agencias estadounidenses. Si lo que Trump quiere de México es una mejor cooperación, la acción militar sería la mejor manera de frenarla”.

NI MIEDO NI TEMERIDAD

A primera vista, parecería que una demostración de fuerza le serviría a Trump para satisfacer a su base y cosechar aplausos, pero sería tan autocomplaciente como efímera.

Ese, sin embargo, es un riesgo considerable: que el presidente estadounidense recurra a la fuerza solo para aparentar que hace algo, como ha ocurrido en otros casos, y que además le salga bien. Y, según se informa, algunos de sus funcionarios consideran una acción violenta, e incluso la CIA evalúa el riesgo de daños colaterales a ciudadanos estadounidenses y la posibilidad de represalias por parte de los grupos criminales.

“El gobierno mexicano no debería dar por sentado que [una acción militar unilateral] no puede ocurrir, por mala idea que sea en muchos niveles”, dijo Cecilia Farfán-Méndez, de la Global Initiative against Transnational Organized Crime. “Habría que planear todos los escenarios”.

Pese a su reputación de misógino, el tono de Trump hacia Sheinbaum, que había sido elogioso, ha ido cayendo en el desdén con el que suele tratar a otros líderes, y en el machismo, al describirla como una mujer “tan asustada por los cárteles que ni siquiera puede pensar con claridad”.

Sin embargo, todavía es muy poco para proclamar un cambio de fondo en su actitud hacia ella. Y la presidenta mexicana sigue manteniendo esa compostura digna y adulta en la sala que tan rápido le ha valido elogios en el extranjero, mientras, en su propia versión de la táctica del judo, aprovecha la fuerza de su rival no contra él, sino para exigir resultados a unas corporaciones mexicanas de seguridad que no siempre son leales a las instituciones.

Algunos pensarán que Claudia Sheinbaum no teme a Donald Trump. Sea cierto o no, ella actúa con la sabiduría de que no se puede domesticar a un león con miedo ni con temeridad.

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