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Opinión8 de julio de 2025

De Silicon Valley al campo de batalla

Por Ernesto Ángeles. SPR Informa. Agencia de Prensa Mexicana.

Silicon Valley (2)

Por Ernesto Ángeles. SPR Informa. Agencia de Prensa Mexicana.

Hace una semana, se supo que Daniel Ek, CEO de Spotify, la aplicación de música más famosa del mundo, había decidido invertir alrededor de 600 millones de euros en una empresa alemana llamada Helsing, dedicada a la seguridad y el desarrollo de inteligencia artificial militar. Esto provocó diversas críticas e indignación entre clientes y algunos artistas. Sin embargo, más allá de la sorpresa, esta inversión se alinea con una tendencia cada vez más extendida, promovida y cínicamente celebrada: la fusión del mercado tecnológico con los aparatos militares de sus respectivos países, especialmente en Estados Unidos y Europa, donde alguna vez se promovió la supuesta separación del sector privado y el militar como garantía de privacidad y estabilidad.

Aunque bajo administraciones anteriores a Donald Trump, el gobierno estadounidense y las empresas mantenían una relación bastante estrecha, el segundo mandato de Trump se caracteriza por una fuerte convergencia de intereses y proyectos bajo un gobierno que promueve la desregulación y protege los intereses corporativos a cambio de acceso a capacidades tecnológicas para usar en sus proyectos políticos y su visión de la nación, con todas las consecuencias negativas que esto conlleva.

Además, hoy Estados Unidos no puede prescindir de las grandes empresas tecnológicas en su complejo sistema militar y de seguridad nacional, ya que estas firmas controlan infraestructuras y herramientas cruciales (computación en la nube, algoritmos de IA para reconocimiento de imágenes y sonido, análisis de comportamiento y selección de objetivos, incluso armamento) que son esenciales para vigilar a adversarios (e incluso a aliados), así como para preparar diversos escenarios de guerra y seguridad. Al mismo tiempo, las grandes plataformas de medios sociales y de comunicación sirven para moldear el consenso político e influir en la opinión pública dentro y fuera de Estados Unidos, convirtiéndose en herramientas de propaganda favorables al gobierno y a su agenda económica, política y cultural.

Por lo tanto, la connivencia entre la administración Trump (populismo autoritario) y los emprendedores tecnológicos (oligopolio tecnológico) representa una amenaza histórica. Nunca antes una empresa había controlado simultáneamente los flujos de información, la infraestructura digital, partes de las cadenas de producción y las palancas del poder político en Washington, socavando al mismo tiempo la separación de poderes y el propio orden democrático.

En esta alianza, el presidente Trump ha desarrollado una estrategia que recompensa a sus benefactores corporativos y castiga a los reguladores, sin importar si están dentro o fuera de Estados Unidos. Mientras tanto, los oligarcas tecnológicos utilizan sus plataformas globales para reforzar las capacidades militares de Estados Unidos y promover la agenda de Trump, todo en nombre de la “eficiencia” y la “libertad de expresión”. Esto crea un peligroso círculo vicioso para la democracia, ya que cuanto más poder político obtienen los oligarcas tecnológicos, menos controles democráticos e institucionales quedan para limitarlos, y cuantos más favores reciben de la administración Trump, más alineados están con su visión y su permanencia en el poder.

Este pacto beneficia a ambos a corto plazo. Trump gana una plataforma mediática inmejorable, financiación casi ilimitada e incluso la capacidad de espiar a todos los ciudadanos mediante la infraestructura de vigilancia corporativa. A su vez, las empresas tecnológicas obtienen un gobierno cómplice que mira hacia otro lado y garantiza la impunidad regulatoria, socavando la democracia en el proceso.

Sin embargo, la amenaza que plantea esta relación no es solo un asunto interno de Estados Unidos, sino también una amenaza global. En principio, eleva el riesgo de tensiones y conflictos internacionales, como se vio la semana pasada con Canadá, donde una propuesta de impuesto digital en Ottawa llevó a Trump a amenazar con una guerra comercial que podría sepultar el acuerdo de libre comercio USMCA con México. La misma historia se repite con la Unión Europea, que ha sido un contrapeso regulatorio al poder desproporcionado de las empresas tecnológicas estadounidenses y chinas, lo que ha provocado ataques directos de Trump, a pesar de ser aliados estratégicos.

Además, la doctrina belicista de la actual élite tecnomilitar glorifica la violencia preventiva y el castigo ejemplar, lo que podría traducirse en intervenciones más agresivas contra países considerados hostiles, como Israel en Medio Oriente, cuyo ejército recibe constante apoyo de empresas tecnológicas y cuyo primer ministro goza de la protección directa de Trump.

Por otra parte, la estrecha relación entre Trump y la oligarquía tecnológica pone en riesgo la soberanía y la privacidad de otros países, ya que la mayoría de las empresas esenciales de internet y el ciberespacio operan físicamente en Estados Unidos, lo que da a Washington la capacidad de ejercer control y vigilancia más allá de sus fronteras, pero desde su propio territorio.

Ya en 2013, las revelaciones de Edward Snowden expusieron programas como PRISM, mediante los cuales la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) accedía a servidores de Google, Facebook, Apple y otros para recopilar comunicaciones privadas a gran escala. Ahora, con la fusión abierta de la inteligencia y las grandes tecnológicas, esta intromisión podría volverse aún más extensa y legitimarse desde los más altos niveles de poder.

Finalmente, la alianza del militarismo, la oligarquía tecnológica y el trumpismo obstaculizará la cooperación internacional en problemas comunes. En lugar de colaborar para regular la inteligencia artificial, las interfaces neuronales o prevenir una carrera armamentista descontrolada, las potencias podrían entrar en dinámicas de suma cero alimentadas por sus sectores corporativo-militares.

En conclusión, vivimos tiempos turbulentos en los que el poder y las capacidades de algunas empresas han creado poblaciones y gobiernos dependientes. Ahora, con el capitalismo occidental y el imperialismo estadounidense en declive, las élites buscan salvaguardar sus intereses a expensas de la población general. En este proceso, la tecnología y los oligarcas tecnológicos desempeñarán un papel cada vez más prominente en medio de un sistema político que se vuelve más autoritario, violento y represivo.

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