Trump se fue, Sheinbaum llegó
La asistencia de la presidenta Claudia Sheinbaum a la Cumbre del G7 es una jugada política audaz y cuidadosamente calculada, en la que México asume un papel que nunca antes había asumido.

Por Arlin Medrano. SPR Informa. Agencia de Prensa Mexicana.
Hay gestos que van más allá del protocolo; son estrategia. La asistencia de la presidenta Claudia Sheinbaum a la Cumbre del G7, celebrada en Canadá el 16 y 17 de junio, no solo es un hito histórico por ser la primera mujer en representar a México y a Norteamérica en este foro, ni por ser la única jefa de Estado en llegar en un vuelo comercial. Es una jugada política audaz y cuidadosamente calculada, en la que México asume un papel que nunca antes había asumido: en medio de una crisis global y ante un vecino del norte volátil, la presidenta se coloca en el centro del poder global.
Este foro, creado en 1975 por iniciativa de Francia para enfrentar la primera crisis del petróleo, está integrado por las siete principales potencias industriales del mundo occidental. Durante décadas, ha funcionado como el consejo ejecutivo del orden neoliberal. Las decisiones importantes sobre deuda, comercio, seguridad y cambio climático se han tomado sin la presencia ni la voz de los países que cargan con las consecuencias.
Hoy, aunque la agenda es variada, la mayoría de los temas actuales giran en torno a un hilo conductor: el resultado de las decisiones de un solo individuo, Donald Trump. Su regreso trajo consigo una agenda renovada de discriminación, supremacismo y confrontación. La extrema derecha, que nunca desapareció del todo, ha recuperado un espacio central en el escenario del poder mundial, extendiendo su ola conservadora por Europa y las Américas. Así, es simbólico, aunque la razón oficial fuera la guerra entre Israel e Irán, que Trump fuera el único líder en abandonar el G7 antes de tiempo, justo cuando tenía mucho que responder respecto al desequilibrio global que sus políticas han ayudado a provocar.
Los analistas, en su ignorancia, han comprado la narrativa falsa de que esto debilita a Sheinbaum, e incluso afirman que el presidente de Estados Unidos le dio un «plantón». No entender la política es el precio que pagan quienes lo reducen todo a un escándalo superficial. Porque es precisamente en este contexto que Sheinbaum hace su jugada: su presencia en el G7 se convierte en una declaración de soberanía, fortaleciendo lazos más allá de nuestro vecino del norte. Se presenta como una líder democráticamente legítima, con índices de aprobación superiores a los de muchos miembros del G7, con una visión progresista y la capacidad de negociar mediante el diálogo, una habilidad que ha ejercido de manera única con Donald Trump, lo que le permite sentarse en la mesa con las potencias mundiales en igualdad de condiciones. En lugar de retroceder o aislarse ante las críticas de Estados Unidos, México hace valer su voz en el corazón de la conversación global. Trump se va, Sheinbaum toma la palabra.
El G7, durante mucho tiempo símbolo de la hegemonía occidental, ahora busca renovar su papel como árbitro global. Pero su legitimidad está en entredicho tras el ascenso de China y Rusia. Hoy, en medio de una crisis sistémica, sus miembros reconocen que no pueden resolver los problemas del mundo sin la participación activa de América Latina. Por eso los dos países latinoamericanos invitados son Brasil, con Lula da Silva, y México, con Claudia Sheinbaum. Esta cumbre marca la incorporación de una nueva voz en el núcleo del poder global.
El momento es especialmente delicado. Las tensiones con Estados Unidos por migración, tráfico de armas y guerras comerciales exigen una postura clara, firme y diplomáticamente hábil. Y con la Copa Mundial de 2026, que se celebrará en México, Estados Unidos y Canadá, y la inminente renegociación del acuerdo comercial entre las tres naciones, la presidenta Sheinbaum ha elegido un camino audaz: en lugar de reaccionar con confrontación, internacionaliza la dignidad de México, buscando apoyo entre las naciones.
Los analistas que se burlan o minimizan este viaje no entienden que la política internacional también es un escenario para el poder simbólico. Así como Trump usó el G7 para socavar la cooperación, Sheinbaum lo usa para tender puentes. Trump se va, Sheinbaum llega.
Esto no es un truco de relaciones públicas, como practicaban los gobiernos neoliberales anteriores. Es una jugada de diplomacia de alto riesgo. Y en ese tablero de ajedrez, la decisión de la primera mujer presidenta de México y Norteamérica de presentarse en el G7 con fuerza y entereza no solo es valiente, es esencial.
Que sus palabras resuenen donde nunca hemos sido escuchados. Que su voz lleve paz a las naciones. Y que la fuerza ancestral siga guiándola.
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